La dolorosa contradicción de Kilku Warak’a,
el poeta quechua más importante del siglo XX1

por Odi Gonzáles


Feroz y ritualmente ejecutado por una turba de campesinos enardecidos — sus propios ahijados — el poeta (y hacendado) peruano Andrés Alencastre, que escribía con el seudónimo indio de Kilku Warak’a, llegó en cuanto al manejo del lenguaje quechua a un nivel más alto que el propio Arguedas, quien lo distinguió como el más grande poeta quechua del siglo XX.

Indios, mestizos y señores

Andrés Alencastre o Kilku Warak’a pertenece a ese impetuoso séquito de intelectuales cusqueños o cusqueñistas que, no obstante ser mayoritariamente blancos o mestizos, hacendados o señorones de antiguo linaje, promovieron — en la primera mitad del siglo XX — el movimiento indigenista que propugnó una revisión del problema del indio, reclamando sus derechos, ensalzando sus virtudes heredadas del inkario, cuando no magnificándolo en exaltadas composiciones literarias, pinturas y piezas musicales; una impostergable causa que si bien cundió, no siempre fue secundada por la consecuencia, pues lo que con vehemencia se afirmaba en el discurso no se aplicaba en la realidad, ni siquiera en el entorno de sus propios peones o servidumbre.

Desde luego que para quienes continuamos escribiendo en quechua, en aymara o en las lenguas amazónicas, o recreamos en castellano el subyugante universo andino, el mayor obstáculo es, sin duda, el lenguaje: cómo hacer verosímil — mediante la palabra — lo que de por sí es increíble en ese arcano territorio donde las fronteras entre vida/muerte, mundo natural/sobrenatural, no existen y es común, más bien, toparse en un cruce de caminos con un ángel andariego o recibir, tal vez, en una siembra de papas, la visita inesperada de un familiar muerto que viene — del más allá — a prevenirnos sobre el clima o porque simplemente tiene sed y desea un poco de chicha de maíz. No obstante ello, la poesía quechua contemporánea, la escrita por Alencastre por ejemplo, tiene autor y códigos propios y ya no más ese carácter colectivo, anónimo y oral de los inicios, cuando estaba conformada por oraciones e himnos que, de acuerdo a su naturaleza, eran wawakis (invocaciones para enterrar a un infante muerto), hayllis (poesía épica), harawis (poesía amorosa), qhaswas (cantos de regocijo), wankas, entre otros. Ni siquiera la luminosa personalidad de José María Arguedas confinó al limbo al poeta Alencastre, de quien dijo era el más grande poeta quechua del siglo XX.

Noticias del infante difunto

Nacido en 1909, en la hacienda familiar de Parq’o, a orillas de la relumbrante laguna Langui-Layo, provincia de Canas, Cusco, el pequeño Kilku — diminutivo quechua de Andrés —, luego de aprender las primeras letras en el centro estatal unidocente de la zona, se traslada a Cusco para cursar estudios, primero en el parroquial Salesianos y después en el Colegio Nacional de Ciencias, del que egresa en 1929. Años atrás, en el fragor de las rebeliones campesinas motivadas por el levantamiento del legendario caudillo mestizo Rumi Maqui, en Huancané, el adolescente Andrés pierde a su padre, que muere ritualmente ajusticiado por una turba de peones que, ante la confabulación de autoridades y patrones — para quitarles sus tierras —, decide hacerse justicia por sus propias manos. Este cruento suceso — ocurrido ante los ojos del púber Alencastre, en 1921 — desgarrará para siempre el espíritu del poeta, mas no servirá — según propia confesión — para urdir una venganza que, de todas maneras, se consumó con la feroz represión desatada tras la muerte de don Leopoldo.

Ávido y resuelto, el joven Alencastre ingresa — es 1940 — a la monástica facultad de Letras y Pedagogía de la Universidad Nacional de San Antonio Abad de Cusco donde, bajo el creciente influjo del pensamiento andino, empieza a componer fervientes waynos: Puna desolada, Maizalito quebradino, En la laguna de Layo, entre otros, que él mismo ejecuta diestramente acompañado de su diminuto chillador; pródigos años en los que además de esbozar sus primeros poemas recorre comunidades altoandinas representando — en plazas y escuelas — su primera obra de teatro, Pongo Killkito, sarcástica pieza costumbrista ensamblada con actores indios y mestizos que es recibida con festivo regocijo por los campesinos. Por esa misma época redacta diversos textos pedagógicos como “Lecciones de Quechua” que serían publicados en la Revista Universitaria. Egresa de los claustros universitarios graduándose como profesor (1945) con la tesis “La alfabetización en el Perú” y, al poco tiempo, enseña castellano y literatura en el colegio nacional Mateo Pumacahua de Sicuani, donde había trabajado hasta hacía poco el joven preceptor José María Arguedas. De allí pasa a la docencia universitaria para hacerse cargo de la cátedra de quechua, no sin antes haber ganado en Bolivia el primer premio de poesía quechua con su poema “Illimani”. Años después, en 1950, aparece — recogida en libro — la totalidad de su obra dramática, bajo el formal título Dramas y comedias del Ande, volumen que contiene Los arrieros, Ch’allakuy, El ayllu de Qhapatinta, El pongo Killkito y Los cumpleaños de Catita, ilustrados con fotografias de algunas escenas representadas y partituras de las canciones. Andando el tiempo (1953) Ch’allakuy y El pongo Killkito escritos en qheswa — amalgama de quechua y español — serían traducidos al francés por el peruanista Georges Dumézil y publicada por la Sociedad Americanista de París.

Canción en flor

En 1952 sale a la luz Taki parwa2 , su primer libro, conformado por treinta poemas de rotundos tercetos, cuartetos, sextillas y décimas. El libro — cuyo singular diseño incluye una cinta delicadamente urdida por alguna tejedora de Chinchero — tiene notables poemas líricos y épicos en los que por un lado se hace una especie de prosopografía de algunas animales de la mitología andina, como el puma, y por el otro se ensalza la fastuosidad de las diversas deidades o apus de la madre naturaleza, pero también — y sobre todo — se honra sutilmente al amor. El puma, primer poema del libro y acaso el más conocido, inspirado en el felino que habita en los páramos y nevados del Vilcanota, revela desde ya la fuerza y riqueza de imágenes — común a todo el libro —. pero que por momentos decae cuando el poeta intenta ideologizar su transcurso.

“Este poemario puede ser considerado como la contribución más importante a la literatura quechua desde el siglo XVIII. Es comparable con el Ollantay en cuanto al dominio del autor sobre el idioma. Creíamos que tal dominio era ya inalcanzable para el hombre actual del habla quechua…Taki parwa es la expresión de un hombre nacido y formado en una aldea de la alta región andina, de un autor que después de haber sido compositor de waynos, tocador de charango y actor de comedias orales — por él mismo creadas — ingresa a la universidad e ilumina su exposición, enriquece sus medios de expresión con la sabiduría de la cultura occidental” sostuvo un entusiasmado Arguedas en un lúcido ensayo al que habría que agregar, tal vez, el particular manejo que el poeta hace del quechua, con únicamente tres vocales (a, i, u), así como su recurrencia y tenacidad para emplear la consonante c en lugar de la ch.

Una década prodigiosa

En lo 60’, el bachiller Andrés Alencastre Gutiérrez se gradúa de Doctor en Letras con la tesis “Fonética, semántica y sintaxis del quechua”. Asimismo, publica Taki ruru, su segundo e intenso libro conformado por 32 poemas disímiles, precedidos por litografías y dibujos de Mariano Fuentes Lira, más un texto de presentación donde manifiesta: “este poemario quechua que lo he denominado Taki ruru es la continuación de Taki parwa en el que ofrecí a los hombres que sienten la emoción quechua, la flor del canto; en Taki ruru les ofrezco el fruto de esa canción”.

Ocho años después, en 1972 y no obstante sus recargadas labores — que incluyen obligados viajes a su hacienda —, publica su tercer volumen de poemas, Yawar para/Lluvia de sangre, profético y desgarrador libro, una mazorca lírica del que se desgranan la muerte, el pesimismo y el fantasma del padre muerto que lo atormenta. Quizá por ello acepta viajar invitado a diversos encuentros de literatura étnica en Chile, Bolivia, Argentina y México. Son memorables sus participaciones como expositor en el Congreso Internacional de Lingüística realizado en Bucarest, en Quebec, o su comentada conferencia en quechua en la radio y TV de Moscú en 1968.

Atacan los indios

Retirado ya de la docencia, el sexagenario Dr. Alencastre se instala definitivamente con su familia en “El Descanso”, desolado cruce de caminos que el irreductible amor del poeta por los indios le había impulsado hasta convertirlo en todo un pueblo con capilla y ferias sabatinas. En este páramo, cerca de la provincia de Yawri, habría de vivir intensos años, ejerciendo el poder y la impunidad — no ajena a su casta de patrón y cacique —, pero también, hay que subrayarlo, consagrado al ordenamiento y corrección de sus entrañables waynos y poemas, en una actitud dolorosamente contradictoria: dos lenguajes irreconciliables: el discurso y los hechos que, por cierto, jamás convergieron en su espíritu.

Lo imagino en noches de vela, asomándose a los bordes más espeluznantes; retornando a casa de madrugada (tal vez húmedo de sueño y de lujuria), mas, siempre, con el corazón desgarrado y los ojos empañados por hogueras que nunca veremos.

Así, la noche del 22 de agosto de 1984, en Pacobamba (alturas de Canas), seis décadas después de la escalofriante muerte de su padre, el poeta Kilku Warak’a muere igualmente ajusticiado por una turba de campesinos — sus peones —, que ante el inminente despojo de sus tierras por parte de éste y las autoridades cómplices, se organiza en rondas y, luego de sitiar la choza donde el poeta-hacendado se había parapetado escopeta en mano, proceden a incendiar su refugio y, muerto ya, le arrancan ritualmente la lengua y los ojos; le cercenan el miembro viril a su mentor y padre espiritual, el mismo que en su último libro había dicho: “El Ausanqati y el Salkantay son mis antenas receptivas. Yo escucho en sus cimas la queja de los hombres que sufren y que piden, pero esta petición, justa y tenaz, recibe en respuesta solamente lluvia de sangre y ríos de lágrimas”.


* * *

Puma

Phuyuq wawan uqi mici
phiña uywa rumi maki
urqullantan purishanki
rit’illanta k’umu k’umu

Phiña phiña qhawarispan
phuyutaraq picarinki
cupaykita maywirispan
urqukunata mayt’unki Lías montañas

C’awarkishka sunkhaykiwan
intitaraq llakllacinki
qalluykitaq sansaq puka
yawartaña llaqwarishian

Apukunaq sumaq uywan
inkakunaq yupaycanan,
yarqasqacu purishanki
aycatacu maskhashanki?

Hamuy ñuqa qarasqayki
kay sunquyta qhasurispa,
qhasquypatapi thallaykuy
llakiykunata ñit’iykuy

Qaqa hasp’iq silluykiwan
hank’uykunata watariy
hinaspataq puñuciway
ama llaki mucunaypaq

Puma

Tiznado gato, crío de la niebla
Airada fiera, garra de piedra
Deambulas por los cerros
Cabizbajo por la nieve

Acechando con furor
Barres la niebla
Laceando con tu rabo

Espinos filudos tus bigotes
Al sol deslumbran, relucientes
Candente brasa tu lengua
Se relame por sangre

Grácil felino de los dioses
Venerado crío
Deambulas hambriento
Rastreando una presa?

Ven y prueba
Mi desgarrado corazón
Reposa en mi pecho
Aplasta mis penas

Con tus garras
(que rasguñan piedras)
Trenza mis nervios
Y adorméceme pronto
Para no padecer pesares.
   
Aflicciones de un paria

Telón de bruma que cubres mi casa
Qué vientos te conducen,
En qué parajes te disuelves
Refugio de mis tormentos

Desierta mi casa, mis campos yermos
Tan sólo la nevisca volátil
Desciende, zozobra en el aire:
No he de verlos
Ni revolviendo el cielo

Laguna de Layo, aguaje morado
Que engulliste a mi padre
A ti he de maldecirte
Con mi corazón anegado
En sangre

Escurriendo de mis llagas
Mi sangre va turbiando tus aguas
Q’iruruma, flujo tinto
Payaqcuma, rojo coágulo

Laguna de Layo, turbio caudal
Colmado con mi llanto,
Lo sufrido, lo padecido por mí
Se tornará en densa bruma
Y te cubrirá por siempre

Wakca waqay

Wasiy p’istuq sumaq phuyu
ima wayran phukusunki
maytaq kunan kapunkicu
ñakariyniy llanthuykuqniy

C’inmi wasiy, c’inmi panpay
aqarapillan wayrawan pukllan
imatañan tariymanñacu
hanaq pacata t’ikraspaypas

Layu quca sani unu
taytallaytan muyp’uykunki,
qantapunin ñak’ashayki
yawar sut’ushaq sunquywan


K’iriymanta paqarispan
unuykita yawarcashan
Q’iruruma pukaquncu
Payaqcuma pukaquncu

Layu quca sani unu
waqayniywan yapaykukuq,
llakisqaymi phutiskaymi
pacaphuyuman tukuspa
wiñaywata p’anpasunki

 


1Texto publicado inicialmente en la revista MAR CON SOROCHE nº 2, La Paz / Santiago, noviembre del 2006.

2TAKI PARWA/22 POEMAS DE KILKU WARAK’A; traducción del quechua, estudio y notas de Odi Gonzáles, Ediciones Municipalidad de Cusco y Editorial Navarrete, Lima, Peru, 2000.